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El dilema ético de la neutralidad en el debate del Plebiscito

EL DILEMA ÉTICO DE LA NEUTRALIDAD EN EL DEBATE DEL PLEBISCITO

 

 

Por: Beatriz Eugenia Campillo Vélez

 


Pretender tener la verdad absoluta es correr el riesgo de caer en fanatismos, pero desprenderse de todo piso, no exime de un riesgo mayor y es caer en profundos relativismos, en un “todo vale” igual de desorientador, y es allí donde la salida de la “neutralidad” presenta un fuerte cuestionamiento. ¿Cómo hago para hacer uso de la razón y el conocimiento adquirido y al mismo tiempo posar de “neutral” cuando es justamente ese ejercicio de la inteligencia lo que necesariamente me lleva a evaluar que hay opciones buenas y malas, o al menos mejores y peores?


A ese dilema ético nos vimos enfrentados muchos profesionales con la discusión del llamado “plebiscito por la paz” y muy particularmente los politólogos, quienes por obvias razones debíamos involucrarnos, no por un mero compromiso ciudadano, sino por una responsabilidad de ética profesional. Pero lo que nos encontramos fue con un panorama bastante curioso que hace ver que la sociedad aún no ha comprendido suficientemente de qué se trata esta profesión, razón por la cual era la primera pedagogía con la que inicié más de una charla.


Era curioso ver como cuando nos llamaban la primera advertencia era ser “neutrales”, comprendo perfectamente que se referían a no hacer una campaña a favor del SI o del NO (entiéndase no llevar promotores –personajes de la vida pública-, no llevar piezas de campaña, no poner spots o jingles realizados por las campañas, etc.), lo complejo es que algunos esperaban una pedagogía que se redujera a hacer un resumen de los puntos del acuerdo, y para esto es obvio que no hay que ser analista, como también es obvio que reducirse a resumir lo dicho era inevitablemente hacer una campaña por el SI. Por el otro lado cualquier crítica que se esbozara era naturalmente entendida como una campaña por el NO. Otros en una salida aséptica pretendían hablar de los argumentos del SI y del NO reduciendo su análisis a una visión panorámica, más propia de un periodista que de un politólogo.


En otras palabras, es posible que nos encontráramos politólogos cuya argumentación apuntara más al SI o al NO, pero en sentido estricto es imposible ser neutral sin poner en juego la ética profesional porque la primera condición que parece imperiosa en el ejercicio profesional es la coherencia en ciencia y conciencia. Si se supone que estudie casos internacionales, la regulación internacional, los juegos de poder, la normatividad interna del país y su historia, no es para llegar a hacer un análisis que diga que es lo mismo optar por una cosa que por la otra, o que me abstengo de aportar lo que como profesional me corresponde simplemente para no herir susceptibilidades.


En el caso concreto la pregunta a la que se convocó al pueblo colombiano fue a apoyar o no unos textos, la responsabilidad del politólogo era leerlos, comprenderlos y por ende el análisis más objetivo que podía hacer era partiendo de esa “prueba” objetiva para todos, lo escrito. Por supuesto también era menester suyo hacer otras lecturas más amplias, seguimiento de medios, lecturas comparadas, etc. pero el punto de realidad objetiva que tenía como partida eran sin duda 297 páginas.


Es lo mismo que le ocurre al juez cuando se le pide que sea imparcial, en el sentido de que intente ser objetivo; es claro que con ello no se le dice que sea neutral, porque él no puede olvidar lo que aprendió en su formación jurídica, tampoco puede olvidar el imperio de la ley que lo rige, y mucho menos puede dejar de lado el hecho mismo de tomar una decisión, pues carecería de sentido su labor. Es igual que si vamos donde un médico y en lugar de confiar en su conocimiento, le dijéramos que fuera neutral en su concepto, así que no nos puede decir si algo nos hará daño o no. O si le decimos a un profesor que él debe ser neutral ante los exámenes y trabajos de los alumnos para no ser injustos. Ser respetuosos, así como intentar ser objetivos en nuestros conceptos, en el sentido de rigor académico y de ser claros en el objeto de discusión, son exigencias que cabe hacer; pero neutrales es abstraernos de una responsabilidad, guardar silencio, guardar nuestro conocimiento también es una falta a la ética y especialmente a la ética profesional, cuando toca directamente con aquel conocimiento que en nuestra profesión hemos adquirido.


No se puede inducir a alguien a no usar su conocimiento, guardar silencio y sumarnos a una masa desorientada bajo un supuesto respeto al pluralismo es una ofensa a la inteligencia y no es una opción éticamente buena, quien tuvo la oportunidad de estudiar tiene la responsabilidad de pronunciarse cuando la realidad así se lo indique, ese es su aporte profesional. Una cosa es respetar el pluralismo y otra distinta que yo tenga que asumir todas las visiones para sentirme pluralista, esto no lleva más que a la confusión y el engaño. Al politólogo, como a los demás profesionales, cabe exigirle coherencia. Ahora bien, suponer que dar un concepto es inducir a un voto (como en el caso concreto), es irrespetar al ciudadano, tratarlo como un menor de edad como alguien que no es capaz de tomar sus propias decisiones y entablar discusiones. Como también es una falta de respeto suponer que un académico que se ha esforzado años en estudiar, es un seguidor ciego de líderes políticos. Hay que recordar que el ciudadano es un mayor de edad y que en términos kantianos ser mayor de edad es pensar por sí mismo.


 


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