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Editorial Junio 2015

PSICOLOGIA Y VIDA ESPRIRITUAL

Por: Jaime León Pareja Pareja

El autoconocimiento según Alcántara (2005), es una actitud hacia uno mismo, es la forma habitual de pensar, amar, sentir y comportarse consigo mismo. Es la disposición permanente según la cual nos enfrentamos con nosotros mismos y el sistema fundamental por el cual ordenamos nuestras experiencias refiriéndolas a nuestro <<yo>> personal. Es decir, el autoconocimiento y la autoestima constituyen las líneas conformadoras y motivadoras que sustentan y dan sentido a nuestra personalidad. Para Carl Rogers, es el núcleo básico de la personalidad.

Pero cuando asociamos estas visiones psicológicas a las búsquedas espirituales, una tormenta de críticas puede caer sobre nosotros, sobre todo porque desde una inadecuada reactualización dualista olvidamos que: “La Gracia supone la Naturaleza”, Zabollini (2012)

La autoestima es adquirida y se genera como resultado de la historia de cada persona. Es el fruto de una larga y permanente secuencia de acciones y pasiones que van configurando a la persona en el transcurso de sus días de existencia, es el resultado una afanosa búsqueda de toda existencia humana.

La búsqueda espiritual cristiana es un camino de autoconocimiento a la luz del evangelio en el reconocimiento de la humanidad falible como la mayor gloria de Dios.

La autoestima y el autoconocimiento como categorías psicológicas son   una estructura coherente, estable y difícil de modificar, además que no niegan la búsqueda del hombre de lo divino y lo trascendente. Sin embargo, su naturaleza no es estática, sino dinámica y por lo tanto, esta puede crecer, arraigarse de forma más íntima, ramificarse e interconectarse con otras actitudes de la persona; pero también puede debilitarse, empobrecerse y desintegrarse; Es una forma de ser y de actuar que arraiga en los niveles más profundos de nuestras capacidades, ya que es fruto de la unión de muchos hábitos y aptitudes adquiridos.

Es evidente que la búsqueda de madurez y crecimiento personal constituyen la raíz de la conducta humana, pero no la conducta misma. El autoconocimiento es precursor y determinante del comportamiento, conlleva un impulso operativo y dispone al ser humano para responder ante los múltiples estímulos que lo visitan y acosan incesantemente. Este es sin duda, el principio psicológico de las acciones humanas.

La autoestima está compuesta por tres elementos: cognitivo, afectivo y conductual. Los tres operan íntimamente correlacionados, de manera que una modificación en uno de ellos conlleva una alteración en los otros dos. El componente cognitivo se refiere a idea, opinión, creencias, percepción y procesamiento de la información. Es decir, el auto concepto definido como la opinión que se tiene de la propia personalidad y sobre su conducta. El conjunto de auto esquemas que organizan las experiencias pasadas y que, además, es usado para reconocer e interpretar estímulos relevantes en el ambiente social. El componente afectivo se refiere a la valoración de lo positivo y lo negativo que hay en nosotros. Es un juicio de valor sobre nuestras cualidades personales, es decir, la respuesta de nuestra sensibilidad y nuestra emotividad ante los valores y contravalores que advertimos en nosotros mismos. El componente conductual significa tensión, intención y decisión de actuar o de llevar a la práctica un comportamiento consecuente y coherente. Es decir, la autoafirmación dirigida hacia el propio yo y en busca de la consideración y el reconocimiento por parte de los demás.

La espiritualidad, es decir la promoción de la vida interior, tiene que partir de este topos antropológico y psicológico, para poder inscribirse en el plano de un auténtico humanismo, que reconozca en lo humano el actuar encarnado de Dios en la realidad del mundo, el acompañamiento espiritual debe ser un descenso amoroso a la realidad humana, la dulce conducción del otro a su verdad interior, para que se acepte y aceptándose se ame y pueda también amar al autor de su humanidad, reconociendo que la vida es lucha entre polaridades, pero que la obra grande de Dios se labra en el interior donde Dios: armoniza, ordena y unifica.

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